Valor temido por muchos, y bien aprovechado por pocos.

“No digas nada, que después te va peor”, es una de las tantas frases con las que desgraciadamente muchas generaciones han crecido y adoptado como propias con aquello que compete a la exigencia a nuestras autoridades públicas.

Y es que en un mundo de ayer en donde los medios de comunicación podían ser fácilmente manipulados, la tecnología no estaba al alcance de todos y las represiones pasaban por desapercibido, y en un México actual donde aún y teniendo las pruebas en las manos servidores o figuras públicas con peso político de un día a otro ya no tienen procesos legales en su contra, es fácil pensar que todo sigue y seguirá igual y es mejor hacerse a un lado, pero no es en este caso lo fácil lo que te lleva al objetivo deseado, que por mayoría nos consta se basa en construir un mejor Estado.

Como nos dice Elena Favilli “a todas las niñas rebeldes del mundo”: sueñen en grande, aspiren a más, luchen con fuerza y, ante la duda, recuerden esto, tienen razón.

Seamos todos ciudadanos rebeldes, recordemos que la juventud se determina por estado de ánimo y no por número, que nuestro país vale mucho más que unas cuantas acciones de sólo unos cuantos, que la perseverancia alcanza lo inimaginable y que las voces no se callan, se nutren con el conocimiento y experiencias de un conjunto para llevar del decir a un hacer que sea el que desarrolle nuestro entorno.

Tenemos razón en exigir, en hacer valer nuestro derecho a ver un país, Estado y municipio próspero, pero también tenemos la oportunidad de participar, de crear y proponer, de ser nosotras, las personas, las que con nuestras acciones e iniciativa seamos los factores de cambio en nuestro alrededor, recordando que es la colectividad la que ocasionará que la política sea regresada a las manos de todas y todos.

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